Avalancha : En memoria a los damnificados de la avalancha del  Río Frío – Campoalegre (H)

_ ¡Yo quiero volver a ver a mi mamá!

El viejo permanecía erguido y con la mirada puesta en la senda desolada. Su brazo tembloroso apenas podía sostener al nieto de tres años. Estaban bañados en barro como si hubieran sido pensados por el Creador. Sus ojos se resbalaron en una conmiseración desolada y pudo establecer el alcance de la tragedia. Las calles y las casas aledañas se habían derretido en una colcha espesa y putrefacta quedando sepultados los sueños de muchas familias de humilde linaje. Muchos de ellos eran pequeños comerciantes, mecánicos, lavadores de carros y motos. Todos alimentados con el mismo suelo de un campo que dejó de ser alegre ese día abismal. Cuando descubrió que también la casa de su hijo y su nuera había sucumbido bajo el ímpetu del torbellino de árboles y piedras en tamaño bárbaro, pensó que debía aferrarse a la vida porque la manita de su nieto lo tenía atrapado para siempre.

El nivel de las aguas bajó y el Río Frío volvió a retornar manso y cristalino.

_ Abuelito, camine nos bañamos en el río.

Las lágrimas del abuelo se agrietaron en sus mejillas dejando una estela blanca y delgada en su rostro. Tuvo la serenidad para sujetar a su nieto en su regazo. Tan pronto como se reconfortó, dirigió su paso en dirección al río teniendo la certeza de no perder a su nieto. Ya en la rivera, lo pudo observar imponente y profundo.

_ Los ríos tienen memoria _Balbuceó.

Metió una de sus manos temblorosas en la espesura fría y con una voz de cuna empezó a blanquear el cuerpecito de su nieto sabiendo que deberían estar limpios para recibir el nuevo día.