Cultura: Cuento del  El Flaco Amilkar “LA CRUJÍA QUE YA NI CRUJE”

 Cuento del  El Flaco Amilkar “LA CRUJÍA QUE YA NI CRUJE” – Iba hacia mi casa a eso de las dos de la tarde y al pasar frente a la alcaldía me di de bruces con Enrique Maldonado que iba a putamil por hora, como suele andar: debía almorzar deprisa donde las Gaona Cruz y salir hacia una reunión programada para las tres en un pueblo cercano.

            Uno sospecha que la gestión cultural en manos del gobierno avanza lentamente, pero deja de hacerlo (aunque así se engaña) viendo cómo corre el pobre secretario de cultura, mi amigo Enrique Maldonado. Quién iba a creer que mi compañero finisecular de parrandas en Bogotá iba a terminar siendo este sabio en materia de historia de Villa de Leyva, experto en el tema de los fósiles, asuntos ambientales, accidentes geográficos: lagunas, ríos, desiertos, montañas, amén de propietario de un gordo conocimiento sobre la historia política y religiosa de estos pagos desde que los ictiosauros estaban chiquitos hasta nuestros días. Aunque esto podría haberse vaticinado pues mientras algunos sólo éramos rumberos, él era rumbero y a la vez fungía como decano de una facultad de cine y era un guionista de reconocidos profesionalismo y creatividad.

            Admirador furibundo del clavicembalista don Rafael Puyana, Enrique fue testigo de excepción –por asombrosa casualidad- del memorable cumpleaños de don León de Greiff, celebrado en el auditorio que lleva su nombre, en la Universidad Nacional de Colombia, sede Bogotá, en algún momento de la segunda mitad del siglo pasado, con un concierto del maestro para el maestro, cuyo asombroso desarrollo es una joya de la literatura (con seguridad en otras manos) que debo escribir alguna vez.

            Antes de encontrarme con Enrique yo había almorzado en la Cocina de la Gata (exponiéndome a contraer una toxoplasmosis), adonde había recalado de vuelta de la biblioteca pública. En esta última estuve, como en muchas ocasiones, mirando consternado la crujía del costado oriental, absolutamente deteriorada, a punto de caerse, con una cuarta parte de su techo derrumbado, las tejas de barro rotas y amontonadas unas sobre otras como si el caos de un tsunami las hubiera barajado al azar y arrojado con la displicencia con que se lanzan unas cartas perdedoras; las barandas del corredor se veían arrancadas de cuajo (las sobrevivientes estaban rotas y más torcidas que cuca de coja), el primer piso destruido y tapado con unas tejas de zinc, como quien oculta una llaga. Todo el conjunto yace cubierto con un provisional sobretecho de tejas corrugadas de zinc que, seguramente, alguien colocó como protección mientras ejecutaban unas labores de restauración que nunca terminaron.

            Nota: Una crujía, según palabras de Enrique, es cualquiera de los lados de una edificación cuadrada y antigua (si fuera moderna no se llamaría “crujía”, en pasado, sino “cruje”, en flagrante presente, digo yo, mamón) colocada entre dos apoyos estructurales, lo cual puede observarse visitando el Claustro de San Francisco, que para su desgracia ha caído en la telaraña de mi prosa demente. Wikipedia también opina lo mismo que Enrique sobre el significado de la palabra “Crujía”, una acepción para mí desconocida del pasado del verbo crujir, lo cual es algo que la crujía oriental del claustro de San Francisco no puede hacer porque si por casualidad cruje, cataplún, se viene abajo y yo me quedo sin tema para escribir mis chocheras.

            Enrique me informó mientras almorzaba –la cuchara de propiedad de Marcela Gaona Cruz se dirigía llena de fríjoles a su boca hambrienta y erudita- que el claustro fue fundado por los padres franciscanos en 1614 y abandonado, porque resultó mal negocio (la fe mueve montañas, de dinero), en 1821. De esa parte a nuestros días, allí funcionó un hospital, un colegio y hasta un hotel cuyos dueños fueron capaces (la ambición mueve montañas, de agua) de construir una piscina detrás de la crujía oriental, objeto de esta nota que más parece un responso por el eterno descanso de algo que ya no cruje. Ah, Enrique agregó que estos curas abandonaron el país mucho antes de que otras congregaciones religiosas lo hicieran en el siglo XIX, huyendo de la ley promulgada por don Tomás Cipriano de Mosquera, un godo mutado en liberal y cuatro veces presidente del país, que se proponía gravar por primera vez con impuestos a los bienes de dios, por entonces llamados “Manos muertas” y administrados por sus vicarios según anacrónicas directrices dictadas por la corona española en tiempos de la corneta de palo.

            Esa mañana, recordé mientras Enrique masticaba, estando en la biblioteca había interpelado en términos jocosos a una de las profesoras (así se llaman las empleadas del lugar, tal vez por sus bajos salarios) diciéndole que cómo era posible (ellas me tienen paciencia pues saben que mi propósito es hacerlas reír) que su desidia hubiera permitido deteriorar una parte del edificio, señalaba la crujía oriental, y no les importara un carajo la ruina histórica del patrimonio cultural de la nación. Que si yo fuera el alcalde, agregué, las metería a todas a la cárcel por negligencia. La profesora me miró de arriba abajo y puso cara de frescura pues concluyó que con mi aspecto de loco no me nombrarían ni alcalde de la ciudad de hierro. Acto seguido decidí perdonarlas, y preferí dar al hecho la explicación contenida en la Enciclopedia Marginal, Editorial Cléferix, 1987, páginas 32164 a 32809, donde se argumenta que la destrucción de la crujía oriental del claustro de San Francisco, de Villa de Leyva, Colombia, Sur América, se pudo dar debido a cualquiera de las dos siguientes razones.

  1. En este convento, como en otros, “a cada monjita le daban todas las noches con la cena una salchicha entera, pero el día que se portaban mal se la daban picada”, razón por la cual hubo varias asonadas de protesta que terminaron obligando a las directivas a destinar la crujía oriental como prisión. Allí purgaban su pena las “revolucionarias de la salchicha” y otras conscriptas que incurrían en desacatos varios. Pero luego, a raíz del deterioro de la fe, ya no llegaron suficientes novicias al convento, y mucho menos dispuestas a delinquir, por lo que la crujía oriental se quedó sin prisioneras y fue presa (¿pleonasmo?) del abandono que terminó con ella en el lamentable estado actual.
  2. En la crujía oriental había un fantasma comelón cuya gordura, a medida que comía y comía en pantagruélicas jornadas, iba ocupado cuartos y cuartos, como en el relato “Casa tomada”, de don Julio Cortázar, de tal suerte que las aterrorizadas monjitas fueron huyendo hasta abandonar por completo ese lado del claustro. No hubo agua bendita ni exorcismo capaces de derrotar al monstruo de ultratumba asentado en esa parte del convento, que dada al olvido se fue derrumbando como cualquier amor al que le llueve ausencia y después polvo.

De vuelta a lo del almuerzo, Enrique agregó -el tenedor estaba ahora pletórico de carne molida mezclada con arroz seco e iba directo hacia las fauces de la historia, perdón, del historiador- que hace un tiempo el gobierno municipal aprobó una partida para la restauración del claustro, pero el dinero no alcanzó para la crujía oriental, que terminó en la desgracia que arriba describí. Pero, dijo para terminar – miraba una cucharita llena de dulce de mora a punto de sucumbir ante su ilustre apetito-, que hace un tiempo el ministerio de cultura aprobó de nuevo la restauración, pero el asunto se empantanó y por alguna burocrática razón el claustro continúa más dañado que agua de florero, como yo podía ver, sentenció. En sus ojos se notaba la impotencia del funcionario que nada puede hacer contra la voluntad de arriba, o incluso, de más arriba.

            -Pero lo bueno es que los planos del nuevo proyecto siguen vigentes junto con la aprobación, así que lo único que falta es conseguir el dinero para proceder con tan maravilloso proyecto –finalizó poniendo una cara esperanzada que logró contagiarme optimismo.

            -Y usted, mano, Enrique, ¿por qué sabe tanto de estas cosas? –le pregunté.

            Entonces él, tan sabihondo que cuando uno le hace una pregunta se devuelve hasta Adán y Eva para explicarla exacta y contextualmente, dijo:

            -Bueno, es que… -y arrancó con una conferencia, para mí solo, que le tomó unas tres horas y lo salvó de ir a la reunión que tenía en un pueblo cercano donde, a partir de ese día, debe haber otra crujía que tampoco cruje.

Por: Amílcar Bernal Calderón.