Cultura : Relatos de Amílcar Bernal Calderón: ¿Interrogantes?

 

            Cultura : Relatos de Amílcar Bernal Calderón: ¿Interrogantes? –    Uno de los once palos de escoba sin peluca, desechados y amontonados en la cuneta paralela al andén del colegio, tiene en su extremo una cabeza de caballo tuerto. Diez de ellos llevan la rosca de plástico alguna vez utilizada para asegurar la peluca de barrer, pero uno, el diferente, el estrambótico, tiene en la punta una cabeza gris forrada de hule, de esas que según una obsoleta costumbre se colocaban en un palo para que el niño lo pusiera entre sus piernas y corriera por ahí como un chalán, un caballero, un guerrero de antes de la era nuclear, del tiempo romántico cuando las contiendas eran nobles, si alguna vez lo fueron.

            Voy caminando, como cada mañana, hacia el restaurante donde suelo tomar mi desayuno, y tras recorrer la fila de aulas cuyas ventanas miran a la calle, unas tuertas -sus vidrios están rotos-, otras ciegas -selladas con tablas de madera que recuerdan aires prisioneros de alguna mezquindad-, me doy de bruces con un portón de varillas, al lado del montón de palos de escoba y su caballo, que deja ver un patio atiborrado de cosas inservibles, chécheres que alguna vez sirvieron para algo, basura, cuadernos con poemas inmortales, lápices rotos que alguna vez dijeron palabras de grafito, cartas que no alcanzaron el amor imposible al que estuvieron destinadas, montones de césped seco de alguna primavera que no tuvo un pintor que la inmortalizara, ladrillos partidos que quisieron ser casa y ahora son escombros de ilusiones, y aquí, remoto aunque a un paso de distancia, mi rostro reflejado en un pedazo de espejo en el que quizás la reina de alguna fábula o su dama de compañía se miraron mientras, siglos después, los alumnos de una clase cuyo maestro lee en voz alta comienzan su lento camino hacia el olvido que será este patio futuro.

            Miro de nuevo el montón de palos de escoba y me pregunto si los once fueron útiles que barrieron, y uno de ellos, tras empujar lo innombrable, fue convertido en el juego de un niño colocándole una cabeza de caballo que en algún avatar perdió el ojo que mejores cosas veía. O si uno de ellos nunca fue escoba porque, sacado del corazón de su árbol, fue llevado a la fábrica de juguetes en pos de su destino. O si todos fueron caballos a los que una guerra cortó sus once cabezas y sólo uno, después, cayó en las manos de una nueva cabeza sin cuerpo que anhelaba viajar sin salir de la casa de una infancia. O si diez de los palos fueron escobas del colegio, pensionadas y muertas, que fueron a dar a esa cuneta a la espera del carro de basura, la misma cuneta donde uno de los alumnos puso su caballo viejo para que muriera en compañía de otros cuerpos de su misma prosapia, cosas así que me hacen pensar cuántos interrogantes pone la vida ante nuestras narices y dejamos pasar sin entrar en su mundo; cuántas de las posibilidades de vivir otra vida desechamos; de qué tantas vidas nos libramos para vivir la única que habría de hacernos infelices, o conformes o alegres; qué tanto de nosotros vive en nosotros por casualidad, por desidia, por obligaciones de la sangre que se dirige sumisa a nuestro infarto cuando preferiría ser el manantial de otra herida, el menstruo de otra virgen, la huella seca en el andén donde fue abatido el paladín que habría de salvarnos de la injusticia en que medramos.