LOS CHIVOS VIEJOS GUERREROS AL SERVICIO DE LOS ARROCEROS

 

Por: Medardo Zabaleta Ipuz

Durante los años cuarenta, el cultivo del arroz se propaga por Llano Grande de una manera arrolladora. La riqueza de nutrientes de sus suelos y la abundancia de las aguas de esa zona de Campoalegre, hace que este cereal prospere con gran facilidad.

Los agricultores le apuestan a ese cultivo y se embocan bien. En esos tiempos Colombia no produce el arroz que consume y la oferta mundial es deficitaria, lo cual hace que este cultivo una actividad rentable.

Durante el mandato de Alfonso López Pumarejo, se da en Campoalegre una redistribución de tierras auspiciada por el gobierno Nacional y la Familia Ferro, lo cual permite que visionarios como Milciades Manrique, Luciano Perdomo, entre otros, se acojan al programa de tierras y empiecen a sembrar en mayor escala

Paralelo a esta distribución a esta distribución de tierras, el Gobierno propicia el uso de maquinaria agrícola para que reemplace a los bueyes y bestias, los unos encargados de arar y los otros, en transportar cargas, especialmente arroz paddy.

Durante estos años, definitivamente el arroz se perfila como la principal fuente de la economía del pueblo y a la vez va modelando al Campoalegre hacia el individuo emprendedor e ingenioso, que resuelve los problemas acarreados por el incremento del área sembrada.

Uno de estos problemas fue transportar el arroz en cascara hacia trilladoras y molinos, pues recordemos que desde los primeros tiempos del arroz, se empleaba para este menester las mulas. Pero ya en los albores de los años cincuenta, las toneladas del precioso grano recolectado en el norte y centro de Llano Grande, desbordaban la capacidad de acarreo de las bestias.

La solución del problema no era tan simple. Los callejones en estos tiempos eran fangales, el río presentaba pasos con arenales traicioneros en unas ocasiones, y en otras profundidades peligrosas, lo cual exigía emplear vehículos especiales.

Sin embargo, la solución la encontraron los agricultores trayendo los famosos “Reos” o Chivos” (bautizados así por la capacidad de transitar por terrenos abruptos).

Estos carros eran utilizados ya por agricultores del valle y de allí se trajo la idea.

Los primeros chivos en aparecer fueron los recordados canadienses, con tracción en las cuatro ruedas, venían provistos de “winchers” o malacate, manivela (Palanca que reemplaza el arranque de incendio del motor.) Es de anotar que estos vehículos presentaban el volante de la dirección en la parte derecha de la  cabina, pues en el país de origen de estos carros es norma transitar por la izquierda.

De estos canadienses son recordados el de Tomás (Terrompo); el de Emiro Murcia, convertido en la actualidad en grúa. Estos canadienses eran todo terreno pero su capacidad de carga no sobrepasaba los cincuenta bultos.

Realmente estos vehículos llegaron a Campoalegre ya de tercera mano. El primer uso que se le dio fue el de transportar tropas y el gobierno los trajo a raíz del conflicto con el Perú. Después de diez años desuso el gobierno los retira y fueron vendidos en remate a vallunos, quienes posteriormente los vendieron a los campoalegrunos.

Los Canadienses cumplieron a cabalidad su cometido. Vadeaban el río con asombrosa facilidad; se enfrentaba a los “gredales”  con toda la carga a cuestas y casi siempre lo hacían sin ningún contratiempo; pero cuando se atascaba tampoco era problema si cerca se encontraba un robusto árbol, en el cual se ataba un extremo de cable para luego ser enrollado por el malacate y de esa manera el fangal quedaba atrás liberando el camión.

En ocasiones esta operación se complicaba, porque el árbol elegido no resistía el tirón del malacate y con raíces y todo iba a dar directo al fangal.

Posteriormente, aparecen los REOS de origen Norteamericano, con tracción en las diez ruedas y de mayor tamaño lo cual incrementaba su capacidad de carga y la capacidad de enfrentar los obstáculos  de la vía. Estos Chivos que yo llamo de Segunda Generación, no los alejaban nada. Ni la creciente del río, pues si existía la posibilidad de que se apagaran al intentar cruzar las aguas, lo optaban por aflojar la correa del ventilador con lo cual evitaban que el circuito eléctrico fallara. Con justa razón el Chivo, propiedad de Don Ramón Alfonso Tovar, fue llamado “El submarino”.

Manejar estos automotores sin embargo tenía sus riesgos. Encender el motor con la sincronización podía devolver la manivela y golpear violentamente a la persona encargada de manipular este artefacto. A este suceso le llamaban patada.

Pero el peligro más grande de estos carros eran sus frenos; mejor dicho, su falta de frenos.

Ocurre que el circuito de frenado principal de estos REOS se deterioraba muy rápidamente por causa de la arena, sus propietarios decidían suspenderlos y dejar solo el freno de emergencia, el cual funcionaba aceptablemente sin carga, con el peso de la carga se resistía a detenerse.

En estos casos se recurría a la caja de cambios para detenerlo. Los choferes de estos chivos fueron y son unos maestros en el arte de manejar sin frenos. Sin embargo, por culpa de estos aparatos han ocurrido accidentes fatales en varias ocasiones.

Hablando de choferes de estos carros, se dice por ejemplo, que Fermín Murcia es chambón para manejar; pero para las curvas es un verraco. Pues tiene seis amantes.

Se recuerda propietarios de estos REOS las siguientes personas: Rafael Salazar, Pedro Osorio “Perico”, Ramón Triana, Luis Octavio Calderón “El Sapo”, Joselito Sánchez “Caifás”, David Montenegro, Arcensio Rivera, Milciades Manrique “Saco solo”, Ignasio Puertas, Alfonso Álvarez “Gurupera”, Benito Trujillo “El tigre”, Diogenes Vega “Torcido” entre otros.

En la actualidad quedan solamente siete de estos Chivos, pero la gran mayoría reformados, Solo el de Ramón Triana es todo terreno, sin embargo éste también ha sido modificado.

Estos carros al igual que los mixtos o chivas tradicionales, han sido empleados también para transportar  familias a los paseos a los ríos y quebradas en los días festivos.

Los constructores de estos indestructibles artefactos, siempre pensaron que el destino final de esta máquinas diseñadas para la guerra vendrían de un bombazo en el fragor de un combate y no de una lenta agonía que los muestran ahora envejecidos y  achacosos cargando un pasado fardo por los polvorientos y apacibles caminos de Campoalegre.