Opinión De Mario Benedicto Parra: ¡Se los advertí!

Opinión De Mario Benedicto Parra: ¡Se los advertí! – Muchas veces hacemos juicios infundados sobre las personas, las cosas o los hechos, guiados por los prejuicios, los estereotipos o por las apariencias.

A un estudiante de universidad pública se le cataloga de vago, sin conocerlo, aunque sea buen estudiante y trabaje por horas para ayudarse económicamente mientras cursa sus estudios. A un estudiante que protesta por recursos para la educación es etiquetado de terrorista y se le atribuye la autoría de agredir a la fuerza pública, incluso en un día que, por enfermedad, no sale a protestar. Los venezolanos inmigrantes estarán bajo sospecha de ser delincuentes, sólo por huir de la grave situación económica por la que atraviesa el vecino país. Los huilenses son catalogados de lentos y perezosos; los rolos de desaseados, porque no se bañan; los costeños de flojos y corruptos; los paisas de charlatanes y embaucadores; los pastusos de brutos, etc. La etiqueta que ahora le cuelgan al líder de la oposición mediante un video viejo y sin audio, proyectado fuera de todo contexto, hecho considerado como estrategia ruin para desviar la atención del asunto principal, la indignidad del Fiscal General. Ante los escándalos del momento, lo sensato es exigir la verdad en ambos casos y que se sancione a quien haya que sancionar, pero no, lo que se ve son sindicaciones a diestra y siniestra.

Se hacen valoraciones equivocadas, no se utiliza una argumentación sólida y racional. No existe severidad alguna en estas conclusiones. Tampoco existe respeto por aquellas personas objeto de una valoración negativa y se atenta contra de la dignidad humana.

Ilustraré esta opinión con una historia convincente. Espero que muchas personas se examinen frente a ella.

Dos familias viven en una urbanización con jardín compartido. Los hijos de estas familias piden a sus padres que les compren como mascota un animal. A uno de los niños le agradaría tener un conejo, al otro, un Doberman.  Pero cuando el padre del niño que quiere tener el conejo se entera de la petición del amiguito de su hijo, dice que es imposible traer el conejo a su hijo porque el Doberman atacará al conejito y lo matará en un segundo.

La madre dice que eso no pasará si los vecinos compran un cachorro de Doberman, así aprenderá a jugar con el conejo y podrán crecer felices en el jardín y los niños aprenderán a cuidarlos.

Compran los animalitos: un conejo y un cachorrito de Doberman. Conviven en el jardín, juntos juegan, juntos corretean. Los niños disfrutan cuidándolos y jugando con ellos. Pasa el tiempo y el Doberman se convierte en un ejemplar grandioso y opulento.

Un buen día el Doberman aparece en la casa con el conejo muerto entre la boca. El cadáver del animalito estaba lleno de barro y de sangre. Se quedan asombrados y el padre dice: ¡Se los advertí!

Piensan en lo terrible que será para el otro niño saber cómo ha muerto su conejo. Deciden lavarlo y ponerlo en la jaula como si estuviera dormido para evitar una impresión desgarradora, pues todos conocen el amor del niño por el conejito.

Los vecinos que se habían ido a pasar el fin de semana con otros miembros de la familia, regresaron del viaje el domingo por la noche y les llevaron a sus vecinos unos chocolates. Después del saludo, el padre dice:

– Lamento lo que le ha sucedido al conejo.

– ¿Qué le ha sucedido?

– El Doberman lo mató.

– ¡No puede ser! El conejo murió el viernes y lo enterramos en el jardín antes de nuestro viaje.

Como podrán ver le echaron la culpa de la muerte del conejo al Doberman. No le vieron matarlo, pero suponen que lo había matado; se inventaron el asesinato estableciendo “un nexo causal falso”, proveniente de un prejuicio, de una suposición o de un estereotipo según el cual todos los Doberman son agresivos.

En ese momento la familia cae en cuenta que el Doberman echó de menos a su “amigo” y acostumbrado a jugar con el conejo, lo buscó por todo el jardín y gracias a su extraordinario olfato, escarbó la tierra y lo llevó a casa para mostrarle a la familia lo sucedido a su “amigo”. Tal vez, el Doberman no comprendía por qué había muerto el conejito.

La facilidad con la que establecemos esos juicios infundados es asombrosa y a veces, no es fácil liberarse de recibir juicios descalificadores ajenos cuando a uno le han colgado del cuello una etiqueta maldita. ¡Hasta pronto!